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T.S.A. and Cinnamon Buns (En Español)

In Spanish, in this personal narrative, a young adult shares their experience of going through security at the airport.
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Asunto

  • English & Language Arts
  • Culture & Identity

La Administración de Seguridad en el Transporte (T.S.A.) y los rollos de canela

Por Ruhani Chhabra

“Va a tener que quitarse esa cosa, señor”.

Llega otro oficial de la T.S.A. Le lanzo una mirada nerviosa a mi papá, quien lucía extremadamente calmado, incluso mientras explicaba, por tercera vez, que no podía desenvolver el turbante en su cabeza. Primero, le tomaría demasiado tiempo volver a ponérselo. Segundo, iba en contra de su fe.

La orden quedó suspendida en el aire perfumado de canela. Me contuve para no salir corriendo a través de los detectores de metal, con los zapatos puestos y todo.

Que quede claro, yo no quería sentirme avergonzada de mi religión; en el sijismo, la dignidad es tan fundamental como lo es el turbante. Pero cuando tienes 12 años, eres torpe y con granos, y eres dolorosamente consciente de las miradas y los susurros de los viajeros presurosos que van de vacaciones, es difícil reunir ese orgullo.

No debió suceder de esta manera. Mi papá y yo nos habíamos embarcado en un viaje improvisado para sorprender a sus familiares, y los acontecimientos seguían el curso de un especial de Navidad de Charlie Brown, hasta que llegamos a esa temible esquina del aeropuerto.

Para distraerme, me concentré en el dulce aroma proveniente del comedor en el terminal. Siempre comíamos ahí antes de subir a nuestro vuelo. Amaba sus rollos de canela. Asociaba esos productos de panadería con un peculiar sentido de libertad; su sabor dulzón significaba que se habían terminado los controles de seguridad, y que éramos libres de todo escrutinio.

Si eres de piel oscura, y tienes la cabeza cubierta, implica que prácticamente le pides a la T.S.A. que realice una verificación "aleatoria". Me di cuenta de ello casi a la misma edad en que aprendí cómo ponerme el cinturón de seguridad en un avión yo sola. Sin embargo, este requisito era significativamente peor. Aun así, quería que él acatara y yo quería librarme de las mordaces referencias ser ‘diferente’.

Mi papá, quien sabía desde que llegó a este país que siempre lo considerarían ‘diferente’, insistió. Él ya había estado en este aeropuerto, y ya le habían dejado pasar por el escáner con su turbante puesto en lugar de quitárselo. ¿Qué pudo haber cambiado?

“Es temporada de vacaciones”, dijo el agente de piel más blanca, mirándolo con desdén. “La seguridad es más estricta. Solo tome una decisión. ¿No ve que su hijita también está esperando?”

Si antes estaba avergonzada, no se comparaba con cómo me sentía ahora. Todos me miraban, y solo quería que me tragara la tierra.

Siempre temí la posibilidad de esas “medidas preventivas” tan humillantes que le imponían a mi papá, y siempre pensé que debería decir algo. Incluso un simple “No le hable de esa manera” habría sido suficiente.

Pero miré hacia arriba, me giré hacia mi papá y le dije: “Solo quítatelo”. Y la manera en que suspiró me demostró que yo había ganado. Fue una victoria algo inolvidable.

Quizás era muy joven y estoy siendo muy dura conmigo misma. Después de todo, era demasiado insegura y estaba abrumada de años de ignorancia preescolar (“Y . . . ¿por qué tu papá usa ese trapo?”), lo que se transformó en mi vergüenza oculta, y me demoré mucho para comprender que tenía que disiparla. Me llevó aún más tiempo aprender cómo.

En los años siguientes, descubriría la catarsis que representaba el transcribir mis sentimientos en el papel. Pero en ese momento, simplemente interioricé todo: la vergüenza, la confusión y, sobre todo, el sentimiento persistente de culpa. Miré inexpresivamente mientras mi papá se quitaba su turbante; desprendió cada capa de la valiosa tela en frente de toda una multitud.

Los agentes, rodeándolo como pirañas furiosas, le dieron una mirada larga y luego nos dejaron ir. Todo había acabado.

O eso pensé. No obstante, mi papá, quien nunca guardaba rencores, me compró unos rollos de canela. Los llevé en el vuelo y miré por la ventana al brillante cielo azul americano, preguntándome por qué no tenían al mismo sabor dulce de antes. 1

  • 1“The Winners of Our 3rd Annual Personal Narrative Essay Contest for Students,” New York Times, enero 20 de 2022.

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— Claudia Bautista, Santa Monica, Calif